lunes, 29 de agosto de 2016

El bronce del complejo de inferioridad



Han pasado ya varios días desde que terminaron los Juegos Olímpicos de Rio de Janeiro, en los que España confirmó el buen estado de forma del que gozan sus deportistas olímpicos. Diecisiete medallas: siete de oro, cuatro de plata y tres de bronce. Un balance positivo que deja ver que tenemos deporte español de élite para rato. En este artículo me quiero centrar en una de esas medallas de bronce, concretamente en la del baloncesto masculino, conseguida de manera muy sufrida ante una gran selección de Australia en el partido por el bronce.

El bronce, siendo sincero, me sabe a poco. Tal vez sea porque este equipo nos ha acostumbrado a alcanzar tales dimensiones de éxito, que el conseguir un bronce hace que mis expectativas no se terminen de cumplir. Sin embargo, soy de la opinión de que, si un equipo acostumbra a sus aficionados a ganar, es porque tiene la capacidad para estar entre los mejores de manera constante, y por tanto su obligación es la de seguir compitiendo al máximo nivel.

Esto no quiere decir que la selección española de baloncesto no haya competido al máximo nivel en estos pasados Juegos Olímpicos, donde las mejores selecciones del mundo tratan de arrebatar el trono de la dominación a Estados Unidos. No obstante, España, pese a contar con ausencias notables como las de Marc Gasol y Serge Ibaka, tenía equipo para llevarse algo más que el bronce; tenía equipo para ser esa selección que asombrase al mundo y derrotase a Estados Unidos y posteriormente se coronase campeona olímpica.

Pero bajémonos de la nube y estudiemos el por qué de este bronce. A priori, es sencillo. Las dos derrotas en los dos primeros partidos, contra Brasil y Croacia, respectivamente, nos dejó sin opciones de clasificarnos para los cuartos como primeros de grupo, y por ello nos las vimos con el "coco", Estados Unidos, en semifinales. Y claro, Estados Unidos es imbatible.

O no. O a lo mejor esa idea de que los norteamericanos son dioses invencibles la traíamos preconcebida de casa, desde que perdimos dos finales olímpicas consecutivas dándolo todo y plantando cara a las estrellas de la NBA; desde que vemos cómo cualquier selección que se enfrenta a Estados Unidos recibe una paliza humillante y queda retratada en un marcador que parece de un partido de hombres contra niños. Ese ha sido el gran fallo de actitud del baloncesto español durante la última década, el de conformarnos con perder contra Estados Unidos "por poco". Especialmente en estos juegos de Rio, en los que selecciones como Australia, Serbia y Francia, que tutearon a los estadounidenses y estuvieron cerca de ganarles (perdieron por 10, 3 y 3 en sus respectivos partidos de la fase de grupos).

No pretendo, ni mucho menos, desmerecer en absoluto a la mejor generación de la historia del baloncesto de nuestro país, pero este complejo de inferioridad respecto a Estados Unidos es, tal vez, su mayor lacra. Sí, los norteamericanos, potencia mundial del baloncesto por antonomasia, son superiores, pero ¿y si nos hubiéramos olvidado, tan solo durante 40 minutos, de esta realidad? ¿Y si hubiéramos ido a por el partido?

Por mis palabras, parece como si España hubiera jugado andando, como si no se hubiera esforzado. "Lo dieron todo, sí que fueron a por el partido", dirá más de uno. No estoy negando la actitud de nuestros jugadores, ni su ambición de ganar a Estados Unidos, ni la dificultad del partido. Simplemente propongo que España se atascó en ataque, y se conformó con ello. La defensa fue excelente, dejando a EEUU en 82 puntos, su anotación más baja en todo el torneo. En ataque, a pesar del colapso, no se probaron sistemas diferentes ni alternativas a lo convencional.



No niego la capacidad de Sergio Scariolo para ganar títulos y cumplir las expectativas de un equipo que aspira a estar en lo más alto, pero su capacidad de adaptación y de lectura de los partidos deja que desear. Se dio un protagonismo excesivo a Ricky Rubio que, situación personal aparte, volvió a confirmar que se transforma en otro jugador cuando juega con la selección española. Un jugador ineficiente, incapaz de meter un triple cuando está solo, falto de agresividad en la entrada a canasta y demasiado arriesgado en sus pases. También se otorgó un protagonismo excesivo a Juan Carlos Navarro, una leyenda que, desgraciada y por otro lado evidentemente, ha bajado su rendimiento de manera considerable a medida que ha ido envejeciendo.

Scariolo pecó de conservador y de inmovilista. No supo ver que las semifinales no fueron el partido de Felipe Reyes, y que por contra Willy Hernangómez jugó un gran partido y debió ser su apuesta para secundar a Pau Gasol en el juego interior y tratar de cortar la sangría que España sufrió en el rebote ofensivo de Estados Unidos, que no perdonó en segundas opciones. Tampoco vio que tenía en el banquillo a Álex Abrines, un tirador que habría venido de maravilla para abrir la pista y conceder más espacio a Pau Gasol en la zona. España podría haberse permitido un lujo al alcance de muy pocas selecciones: jugar con 5 jugadores tiradores de 3 puntos. Con quintetos como Chacho/Calderón - Llull/Abrines/Navarro - Rudy/Claver (a medias) - Mirotic y Pau, España habría tenido una amenaza exterior constante, un quinteto  que favoreciera el movimiento de balón, las fintas de tiro de triple (dada la costumbre de los norteamericanos de saltar al tapón), las penetraciones y, en definitiva, un ciclo que alimentara la circulación exterior, en lugar de centrarse en el poste bajo y en Pau Gasol, recurso tremendamente valioso para España pero incapaz de sostener él solo al equipo ante una selección como la de Estados Unidos.



En definitiva, creo que España no supo amoldarse a las necesidades y a las circunstancias del partido, y expreso mi sentimiento de rabia porque creo que nunca nuestro equipo estuvo tan cerca de ganar a Estados Unidos, que nunca se ha enfrentado a una selección norteamericana tan "ganable", y porque es muy difícil que el oro olímpico vuelva a estar tan a tiro. La sensación que permanece es la de que España, de haber tenido un plus de intensidad e inteligencia, se habría llevado la semifinal y quién sabe si la final. En lugar de eso, nos llevamos un bronce que sabe a conformismo, a complejo de inferioridad.

(FOTOS: fiba.com)




viernes, 24 de junio de 2016

El hijo pródigo del rey

Los Cavaliers remontan un 3-1 en contra en las Finales de la NBA por primera vez en la historia, liderados por un descomunal Kyrie Irving y un dominante Lebron James, que ponen fin a la maldición deportiva de la ciudad de Cleveland: 52 años sin ganar ningún título de las tres grandes ligas (baloncesto, fútbol americano y béisbol).

(Fotos: nba.com)

El Oracle Arena de Oakland, casa de los Golden State Warriors, fue un escenario de lujo para el séptimo y definitivo partido de las finales de la NBA, aquel cuyo ganador se proclamaría campeón de la NBA tras unas finales de infarto en las que los Golden State Warriors, autores del impresionante récord de 73 victorias y 9 derrotas, han dejado pasar las tres ocasiones que tuvieron para coronarse campeones por segundo año consecutivo.


 Pocos acontecimientos en el mundo del baloncesto (por no decir ninguno) son tan tensos, tan decisivos, tan culminantes como un séptimo partido de las finales de la NBA. El pasado lunes 20 de junio, de madrugada, pudimos asistir al duelo entre los Golden State Warriors del MVP unánimo Stephen Curry y los Cleveland Cavaliers del todopoderoso Lebron James, dominador de la NBA en la última década. Ambas estrellas y sus respectivos equipos se enfrentaban por novena vez esta temporada sumando temporada regular y Playoffs. El balance era favorable a los Warriors (5 victorias y 3 derrotas), pero las dos últimas victorias habían correspondido a los Cavaliers, que se postulaban como serios candidatos a ser el único equipo de la historia en remontar un 3-1 en contra en las finales de la NBA. En frente, unos Warriors que, visiblemente incómodos por el saber hacer de los Cavs y muy diferentes del imparable equipo que fueron durante la temporada regular, buscaban revalidar el título que consiguieron el año pasado contra los mismos contrincantes (4 victorias a 2 en la final).

No faltó de nada en este choque de trenes. Baloncesto táctico, técnico y físico del más alto nivel, con una igualdad que rara vez se disipó en el marcador (la máxima ventaja fue de 8 puntos a favor de los Golden State Warriors). El partido comenzó con nerviosismo e incertidumbre por parte de ambos equipos, que se mostraban un gran respeto mutuo y a la vez escondían sus armas, reservándose para la fase decisiva del partido.

Fueron los de San Francisco los que abrieron una mínima brecha en el marcador durante el segundo cuarto, para marcharse al vestuario con una ventaja de 7 puntos, aunque Curry, como ha sido habitual en estas finales, contaba ya con tres faltas personales. El propio Curry afirmaría tras el partido que ha mantenido una actitud agresiva durante las finales, pero que no ha sabido canalizarla de la manera adecuada. El mejor de su equipo no sería él, sino Draymond Green, que se encontraba muy acertado desde la línea de triple (terminó con un 6-8), y tuvo un papel esencial en el rendimiento de su equipo.


En el equipo rival, Lebron James se enfrentaba a la responsabilidad de levantar una losa que ya pesaba demasiado: 52 años sin que ningún equipo de Cleveland ganase un título en cualquiera de las tres ligas mayores. Además, su balance negativo en finales de NBA (2 victorias y 4 derrotas) era todavía una excusa para aquellos (incluido un servidor), que ponían en duda su capacidad de liderar equipos para ganar un anillo.

Un quinto fracaso en su séptima final tal vez no habría sido definitivo para su carrera, pero sí habría supuesto un golpe moral muy fuerte, a partir del cual podría haber comenzado a decaer su imagen en la liga y su mentalidad de llevar a sus equipos al éxito. No obstante, Lebron contaba con un aliado que le ha sacado las castañas del fuego en más de una ocasión durante esta temporada, un hijo pródigo que le ha secundado liderando al equipo y le ha sustituido cuando no se encontraba en su mejor momento: Kyrie Irving. El base australiano, que ha ofrecido un rendimiento impecable durante estas pasadas finales de la NBA, compartió junto con Lebron la responsabilidad de echarse el equipo a la espalda.



Kyrie Irving, presente y futuro de la NBA con tan sólo 24 años, fue elegido el número 1 del draft del año 2011, con 19 años. Desde entonces, asumió el papel de líder de un equipo mediocre que no llegó a las 30 victorias hasta su tercera temporada, la 2013-2014. Con la llegada de Lebron James, los Cavs dieron un salto cualitativo de manera instantánea, consiguiendo la segunda plaza de la Conferencia Este por detrás de los Atlanta Hawks. Esa misma temporada alcanzaron la final de la NBA, que la otra estrella del equipo, Kevin Love, no pudo disputar debido a una lesión sufrida en primera ronda contra los Celtics. Kyrie Irving, por su parte, sufrió una grave lesión de fractura de rótula en el primer partido de las finales, y a pesar de que Lebron protagonizó actuaciones individuales memorables, estas no fueron suficientes para llevar a su equipo al título, dada la carencia de apoyos en su equipo. Los Warriors se proclamaron campeones por 4 victorias a 2.

Tras la considerable lesión que sufrió Irving (pasó más de 5 meses en el dique seco), había muchas dudas sobre el rendimiento que ofrecería y, sobre todo, sobre si sería capaz de ayudar a Lebron James y compañía a vengarse de los Golden State Warriors en las que serían, previsiblemente las finales de la NBA por segunda vez consecutiva. Los claros favoritos eran los Warriors, y los Cavaliers se vieron obligados a remontar un 3-1 en su contra.


Esta remontada no habría sido posible sin la excelente gestión del juego que realizó Irving durante toda la serie. Anotando con una gran selección de tiro, distribuyendo asistencias, creciéndose en defensa contra Stephen Curry, y en definitiva liderando al equipo junto a Lebron para llevar a su equipo al ansiado primer título.
A continuación, una comparativa de las estadísticas de Irving durante la temporada regular y durante las finales:

Temporada regular (por partido):

- Minutos: 31,5
- Puntos: 19,6
- Asistencias: 4,7
- Rebotes: 3
- % triples: 32%
- % tiros de campo: 44%
- Robos: 1,1

Finales (por partido):

- Minutos: 39
- Puntos: 27,1
- Asistencias: 3,8
- Rebotes: 3,8
- % triples: 35,8
- % tiros de campo: 45%
- Robos: 2,1

Las estadísticas son tan sólo una pequeña muestra de la mejora de Irving en las finales, en la etapa decisiva para ayudar a su equipo a conseguir alzarse con el título de campeones. Los números, a pesar de ser excelentes, ni siquiera reflejan la vital importancia que tuvo el base para su equipo.

Y es que estas han sido la temporada regular de los Warriors de Stephen Curry y las finales de los Cleveland Cavaliers de Lebron James, pero Kyrie Irving, gracias a su triple decisivo sobre Stephen Curry con el séptimo partido empatado a falta de unos 50 segundos para el final, fue la pieza diferenciadora que permitió a los Cavaliers sobreponerse a unos históricos Golden State Warriors; fue el mejor aliado de Lebron James; fue el hijo pródigo del rey.









miércoles, 20 de abril de 2016

La naranja mecánica


En primer lugar, pido disculpas por la falta de originalidad del título de este artículo, mi primer artículo sobre baloncesto universitario. No obstante, creo que este título le viene al pelo a esta reflexión sobre mi equipo de baloncesto universitario favorito: Syracuse Orange.

Los pupilos del legendario entrenador Jim Boeheim comenzaron el año con el objetivo que cualquier programa de baloncesto de la zona alta de los rankings se propone: clasificarse para el torneo de la NCAA en marzo, en el que sólo participan los 64 mejores equipos del país. Tras pasar una temporada regular llena de altibajos, los Orange respondieron a la adversidad como un resorte, como un mecanismo, creciéndose y jugando por encima de su nivel habitual, sacando toda la rabia creada por las críticas y las dudas que se expresaron desde fuera.

A priori un fijo en el torneo de la NCAA (campeones en 2003 y clasificados cada año desde 2009 excepto el año pasado por una auto-sanción), este año el equipo no dependía de sí mismo para jugar en marzo, sino del comité de selección de la NCAA, que finalmente concedió a los de Boeheim un puesto en el torneo universitario más prestigioso. Tras una temporada con 23 victorias y 14 derrotas, un buen número de expertos y analistas daban a Syracuse como eliminado de dicho torneo. No obstante, las importantes victorias obtenidas contra Duke y Notre Dame fueron motivo suficiente para premiar a los Orange con el March Madness tras una temporada muy ajetreada.

Syracuse comenzó la temporada dando una sensación de solidez y advirtiendo de que este año se podrían alcanzar grandes metas.  Los Orange vencieron a Charlotte, UConn y Texas A&M para alzarse con el título del "Battle for Atlantis", un prestigioso torneo de comienzo de la temporada regular que se organiza cada año en el complejo Atlantis, en las Islas Bahamas.



Con la victoria en Atlantis, el equipo sumaba seis victorias consecutivas para comenzar la temporada, colocando al Syracuse en el número 14 del ranking "Top 25" que Associated Press elabora cada semana. La primera derrota llegó contra Wisconsin, una potencia nacional, finalista en 2015. Esta derrota era razonable, pero lo peor estaba por llegar. A causa de una violación de las normas de la NCAA, Jim Boeheim se enfrentaba a nueve partidos de suspensión, que comenzaron el 5 de diciembre de 2015 con una desastrosa derrota ante Georgetown y terminó el 5 de enero de 2016 con otra dolorosa derrota por un punto ante Clemson. El encargado de dirigir al equipo durante la suspensión fue el entrenador asistente Mike Hopkins, que será el entrenador cuando Boeheim se retire tras dos temporadas más al mando. Hopkins firmó un balance de 4 victorias y 5 derrotas, dejando al equipo con 10 victorias y 6 derrotas en total. Por si no fuera suficiente, el siguiente rival era la todopoderosa North Carolina de Brice Johnson y Marcus Paige, con los que los Orange se volverían a enfrentar a final de temporada. El choque se saldó con la cuarta derrota consecutiva para Syracuse (10-7), y una situación muy delicada.

Tras retomar el mando del banquillo, Boeheim supo corregir el rumbo del equipo con 8 victorias en 9 partidos, incluida una valiosísima victoria sobre Duke.  La única derrota ocurrió ante Virginia, que también se volvería a cruzar en el camino antes de terminar la temporada. No obstante, el equipo seguía en su línea inconsistente, y fue incapaz de terminar la temporada regular de manera sólida. Si parecía que el equipo merecía participar en el March Madness, 5 derrotas en los últimos 6 partidos ponían en entredicho su presencia en la locura de marzo.

Finalmente, Syracuse logró entrar en el torneo, y fue emparejado con Dayton en la primera ronda. Los Orange habían caído eliminados en la segunda ronda del torneo de 2014 precisamente ante Dayton siendo claros favoritos. Este año se recuperaron las buenas sensaciones y el juego justo a tiempo para el torneo, y los Orange dejaron claro a qué habían venido. Vencieron claramente a Dayton (70-51) para enfrentarse a la sorprendente Middle Tennessee, que sorprendió a uno de los favoritos, Michigan State, en primera ronda. Sin embargo, Syracuse no dio opción a la cenicienta, imponiéndose por 75-50.



Una vez en el "Sweet Sixteen", no había rival fácil. Esperaban los Gonzaga Bulldogs de Kyle Wiltjer y Domantas Sabonis, hijo de Arvydas Sabonis, leyenda del baloncesto europeo y la NBA. Ambos son jugadores interiores muy versátiles capaces de hacer daño en la zona y con su tiro de media y larga distancia. Los Bulldogs venían de ganar a dos buenos equipos como Seton Hall y Utah, y eran favoritos para ganar a Syracuse. El partido parecía encaminado para ellos cuando Jim Boeheim implementó una defensa presionante en todo el campo que permitió una gran remontada de los Orange en los tres últimos minutos del partido para plantarse en el Elite Eight, junto con los otros 7 mejores equipos del país.






Con tan sólo 8 equipos vivos,  la dificultad es máxima. Syracuse se enfrentaba ahora a Virginia, liderada por Malcolm Brogdon, nombrado jugador del año  de la ACC. Ambos equipos se habían enfrentado antes en la temporada, con victoria para Virginia por 73-65. No obstante, la diferencia entre ambos equipos parecía ser mucho mayor que estos 8 puntos de desnivel. Virginia era uno de los favoritos para alzarse con el campeonato nacional, mientras que Syracuse, para muchos, era una cenicienta que aún no podía creer que hubiese llegado tan lejos.




El partido comenzó siendo un ejemplo de la aparente superioridad de Virginia, que lideró durante toda la primera parte y los compases iniciales de la segunda. El francotirador London Perrantes acababa de meter su sexto triple del partido a falta de 9:33 para el final, con un marcador favorable a Virginia por 15 puntos. Fue entonces cuando pudimos ser testigos de una de las mayores remontadas vistas este año. Utilizando de nuevo la mencionada presión en todo el campo y liderada por el freshman Malachi Richardson, Syracuse fue autora de un espectacular marcador parcial de 25-4 que acabó por darle una sorprendente victoria una vez más.





Los Orange pusieron rumbo a Houston para disputar la Final Four contra North Carolina, con la que previamente se habían encontrado, perdiendo 84-73. Los Tar Heels, un equipo potente, versátil y con múltiples amenazas, eran uno de los principales favoritos para ser campeones. Pero Syracuse deseaba continuar con su sueño y sorprender al mundo, justo como hizo con Gonzaga y Virginia.

Sin embargo, North Carolina fue muy superior desde el primer momento, liderando durante la totalidad del partido, sacando ventaja del control del rebote y de su flujo de anotación constante. Esta vez no hubo lugar para una remontada imposible contra un equipo muy superior. North Carolina terminó la sorpresa improbable de Syracuse, que caía eliminada pero muy orgullosa por el trabajo hecho.



A continuación, las características de los Syracuse Orange de este año, que pese a ser un equipo con numerosas debilidades, encontró un camino al éxito y se negó a salir de él hasta que un mejor equipo le sacó de él.

Fortalezas

- Defensa en zona: es una de las principales señas de identidad de Jim Boeheim, considerado uno de los mejores maestros en defensa en zona de la historia del baloncesto. Boeheim siempre busca utilizar jugadores atléticos, con gran envergadura, con objetivo de cubrir las líneas de pase, interceptar balones y salir al contraataque, una estrategia que este año le ha funcionado a la perfección. Independientemente del rendimiento del ataque, este equipo siempre ha podido confiar en la defensa como su principal amenaza.


- Contraataque: pese a tener una gran defensa, muchos equipos son incapaces de traducir esa intensidad en puntos. No es el caso de Syracuse. Gracias a su velocidad y su defensa en zona adelantada, los puntos al contraataque son una gran fuente de anotación para este equipo.

- Tiro de tres puntos: ha sido el "salvavidas" del equipo cuando se hacía difícil anotar. Con grandes tiradores como Michael Gbinije, Trevor Cooney, Malachi Richardson y Tyler Lydon, un gran porcentaje de los puntos provenían de la línea de tres. Se dieron situaciones en las que el equipo incluso abusaba de este recurso debido a su falta de potencia interior. Además, los triples fueron la principal arma de los Orange para remontar partidos decisivos, como aquellos contra Gonzaga y Virginia.

Debilidades

- Falta de tamaño: los Orange han tenido serios problemas con el rebote este año. Su jugador activo de más estatura es Dajuan Coleman, de unos 2,08 metros, que ha promediado 17 minutos por encuentro esta temporada. La defensa en zona provoca confusión y falta de entendimiento en el rebote defensivo, ya que permite a jugadores rivales estar libres de marca individual y hacerse con el rebote. El especialista reboteador Tyler Roberson no ha sido suficiente este año para controlar una parte vital del juego de cualquier equipo. El año que viene Syracuse añadirá los 220 centímetros de Paschal Chukwu, que debería ayudar significativamente en la rotación interior.

- Anotación inconsistente: el liderazgo indiscutible de Michael Gbinije en el apartado anotador (ha sido quinto en la Atlantic Coast Conference con 17,4 puntos por partido) ha sido en ocasiones insuficiente y la ausencia de un segundo anotador prolífico ha hecho mucho daño al equipo en ciertos momentos. El año que viene, con Gbinije y Cooney fuera del equipo, se tendrá que confiar en los sophomores Malachi Richardson y Tyler Lydon para llevar el peso de la anotación. Ambos han demostrado que podían contribuir puntos en ciertos momentos del partido pero, ¿están listos para hacerlo de manera frecuente?

- Falta de rotación: una de las principales características de este equipo es la corta rotación de jugadores que ha utilizado durante toda la temporada. Tan sólo 7 jugadores han contado con un número relevante de minutos. La falta de confianza de Jim Boeheim en ciertos jugadores supone un problema, principalmente por el cansancio acumulado de los jugadores principales, y por la ausencia de jugadores que les puedan suplir cuando no están en su momento más acertado.

Personalmente, habiendo visto casi todos los partidos de Syracuse este año, no creía que el equipo tendría la más mínima posibilidad de llegar tan lejos. Supongo que esta opinión la compartía con muchos aficionados y expertos, pero este equipo nos demostró que el esfuerzo vence al talento, y que a veces no es necesario tener el mejor equipo para ganar. Go Orange!








lunes, 29 de febrero de 2016

Ya no me lo cuentan






















Mi padrino siempre dice que cuando vives una experiencia nueva, "ya no te la cuentan". Ya no te
tienen que contar cómo es esa experiencia porque tú mismo la has vivido. Bien, pues el fin de semana del 14 de febrero tuve la inmensa suerte de asistir al All Star Weekend de la NBA en Toronto con mi hermano y mi padrino. Era la primera vez que un All Star se celebraba fuera de las fronteras estadounidenses, y para mí siempre será recordado como el primer All Star al que fui. Como algunos sabréis, estoy estudiando en Syracuse University, muy cerca de Canadá, por lo que el lugar era idóneo para escaparme el fin de semana y disfrutar de uno de los mayores espectáculos deportivos del mundo.

Pese al miedo y a la tensión de una posible cancelación del vuelo debido a la nieve y al hielo, finalmente aterricé en Toronto el viernes 12 de febrero por la mañana. Al aterrizar, ya se respiraba baloncesto. Carteles por todos lados y delegaciones de prensa llegando al control de aduanas. Control en el que vi a Jabari Parker, jugador de segundo año de los Milwaukee Bucks, al que pedí una foto inmediatamente y desée buena suerte para todo el fin de semana. Aquí debajo tenéis el resultado. (Disculpad la mala calidad, fruto del movimiento de la cámara por la emoción del momento). En cuanto a la suerte, parece que sí que la tuvo, como demostró con su espectacular mate ante Kristaps Porzingis en el partido de la noche del viernes, jugadores de primer y segundo año divididos en los equipos de Estados Unidos contra el resto del mundo. En este tipo de partidos, el espectáculo brilla por encima del buen baloncesto y la defensa. Son "pachangas" con ambiente festivo en las que los jugadores aprovechan para lucirse y hacer disfrutar al espectador. Finalmente, el equipo de Estados Unidos se llevó el triunfo por 157 a 154. Pese a la predilección del público por el canadiense Andrew Wiggins (30 puntos),  Zach Lavine, uno de los grandes protagonistas del fin de semana, se llevó el MVP con sus 30 puntos, 7 rebotes y 13-20 en tiros. Otro de los destacados fue Kristaps Porzingis, con 30 puntos y 12-16 en tiros.
























Estábamos expectantes por ver qué nos depararía la noche del sábado con sus concursos. Para empezar, el concurso de habilidades tuvo emoción hasta el final y el nuevo formato que enfrentaba a bases contra pívots evitó que se hiciera pesado, como en alguna otra edición. Como aficionado a los Celtics, quería que ganara Isaiah Thomas, pero la estrella de Boston se relajó en la final y Karl Anthony-Towns se hizo con el premio merecidamente.

El concurso de triples tenía un cartel de lujo, con James Harden, Kris Middleton, CJ McCollum, Devin Booker, JJ Redick, Stephen Curry y Klay Thompson. Estos dos últimos, los "Splash Brothers", partían  como grandes favoritos, y no defraudaron. La gente enloqueció con Kyle Lowry, estrella de los Toronto Raptors, que fue eliminado en la primera ronda. Curry, sin embargo, salvó su eliminación en la primera ronda encestando los dos últimos tiros de su turno de tiro. La final la disputaron el prometedor rookie de Phoenix Devin Booker, el campeón Thompson y el propio Curry. Klay Thompson completó una final espectacular, consiguiendo 27 puntos de los 36 posibles (19-25 tiros anotados). Tras llevarse el trofeo, declaró que "es bastante chulo que los Splash Brothers hallamos repetido".

Esta es la estratosférica actuación de Klay Thompson que le valió el trofeo de campeón. (Sí, esas voces de fondo son nuestras. Los gritos exagerados en inglés, no.)




Los grandes concursos de habilidades y triples quedaron eclipsados por el principal evento, el concurso de mates, en mi opinión el mejor de la historia. Will Barton, Andre Drummond, y especialmente Aaron Gordon y Zach Lavine, montaron un espectáculo muy difícil de superar con sus mates. Tras quedar eliminados Barton y Drummond, comenzó la final entre el alero de los Orlando Magic Aaron Gordon y el base de los Minnesota Timberwolves Zach Lavine, ambos jugadores de segundo año y con la misma edad (20 años). Cualquier descripción se quedaría corta para reflejar lo que sucedió en realidad. Así lo vivimos en el estadio:

Aaron Gordon salta a la mascota de Orlando Magic pasándose el balón por debajo de las piernas



Alley-oop de Andre Miller para Zach Lavine desde el tiro libre



El 360º de Aaron Gordon cogiendo el balón a la mascota de los Orlando Magic


El 360º de Zach Lavine con auto alley-oop



Probablemente el mejor mate jamás visto en un All Star: la "silla aérea" de Aaron Gordon, saltando por encima de la mascota de los Orlando Magic



Zach Lavine: molinillo desde el tiro libre





El mate ganador de Zach Lavine: por debajo de las piernas desde el tiro libre


Pero eso no fue todo. Al volver a nuestro hotel, vimos a los miembros del programa de NBATV "The Starters", en el que comentan lo que sucede en la NBA con un tono divertido y humorístico. Frecuento este programa, y me hizo mucha ilusión poder verlos allí y sacarme una foto con ellos. De izquierda a derecha: Leigh Ellis, Tas Melas, J.E. Skeets y un servidor.


El domingo por la mañana tuvimos la suerte de ser invitados al "NBA Legends Brunch", un acto anual en el que se rinde homenaje a diferentes leyendas del baloncesto. El presentador era Ernie Johnson, que comenta los partidos de la NBA en TNT con Charles Barkley, Shaquille O´Neal y Kenny Smith. Además, el comisionado Adam Silver pronunció el discurso inicial. Las leyendas homenajeadas este año fueron Steve Nash (Legend of the Year Award), Oscar Robertson (Lifetime Achievement Award) y Tracy McGrady (Community Assist Award). Personalidades como Dikembe Mutombo, Brian Shaw, Isaiah Austin o Demar Derozan también asistieron al acto. Aquí debajo, una foto de un servidor con Demar DeRozan y las leyendas galardonadas recibiendo sus premios.



                                     






                                      





Tras la "fiebre del sábado noche" y la gran ocasión de ver de cerca a leyendas de nuestro deporte, tocaba el colofón al fin de semana: el All Star Game. Los 24 mejores jugadores de la liga reunidos en una misma pista, para lucir sus habilidades y dar espectáculo, con un añadido histórico: el último partido de las estrellas para Kobe Bryant, que tras otras dieciocho ediciones se despedía de sus compañeros en el equipo del Oeste y del público que tanto ha disfrutado de sus jugadas en los All Star. El homenaje a Kobe fue emocionante, y el público se volcó con la leyenda de los Lakers: "¡Kobe!, ¡Kobe!, ¡Kobe!. Incluso un aficionado a los Boston Celtics como yo tuvo que rendirse ante la grandeza del momento y del protagonista. 

Os dejo el homenaje a Kobe en este vídeo: 


                                 


El MVP del partido fue Russell Westbrook, que repitió galardón desde la edición pasada en Nueva York gracias a sus 31 puntos (7-17 en triples), 8 rebotes y 5 asistencias en 22 minutos jugados). Otro de los grandes acontecimientos del partido fue la aparición de Pau Gasol, que nos puso en pie y animando durante el tiempo que jugó. Memorables fueron sus emparejamientos con Kobe al final del partido, y el abrazo final entre dos leyendas y amigos. 

Y así concluyó este fin de semana mágico, uno de esos en los que tienes que pellizcarte constantemente para ser consciente de que no es un sueño, de que estás viendo a tus ídolos en directo en uno de los mayores espectáculos del mundo. Una experiencia de esas que ya no me cuentan.


viernes, 8 de enero de 2016

Carta de un aficionado NBA a los Reyes Magos

Una vez pasada la Navidad, la Nochevieja y las toneladas totales engordadas por millones de españoles, una vez que nos hemos fijado ciertos objetivos para el nuevo año, una vez que los Reyes han venido para traernos (o no) nuestros caprichitos, es hora de recapitular y pensar qué le pediría yo, como aficionado a la NBA, a los Reyes Magos para que esta competición que amamos tanto mantenga su nivel o incluso mejore. Aquí va:

Queridos Reyes Magos:


Esta temporada NBA me he portado bastante bien. He seguido tantos partidos como he podido, ya sea con el League Pass o acudiendo a lo más profundo de Internet para encontrar algún enlace a los partidos en los que, tras esquivar una galaxia de publicidad, la calidad de vídeo fuese decente y no hubiera demasiadas interrupciones. He visto las diez mejores jugadas de todas y cada una las jornadas que se han jugado. Incluso  me las he apañado para entrar directamente en la página oficial de la NBA y no tener que pasar por la de AS, que arbitrariamente está prefijada como página oficial de la NBA en España. Para este nuevo año, me gustaría pediros lo siguiente:

- Que los Warriors superen el 72-10: aunque mi equipo favorito no son los Warriors, sería precioso atestiguar un récord histórico, que mejore las 72 victorias y 10 derrotas en una temporada de los Bulls de Michael Jordan de la temporada 1995-1996. Creo que los de Oakland tienen calidad y herramientas para conseguirlo (hace poco registraron el mejor inicio de campaña tras 35 partidos con 33 victorias y 2 derrotas, cuando aquellos Bulls llevaban 32 victorias y 3 derrotas), y creo que sería bueno para el baloncesto que se rompiera un récord de tales magnitudes. No cabe duda de que estamos ante uno de los mejores equipos de la historia de la NBA, y si batieran este récord serviría de prueba irrefutable de cara al futuro.




- Que se mantenga la igualdad Este-Oeste: durante los últimos años, ha existido una tendencia por la cual los equipos de la Conferencia Oeste son mejores que aquellos del Este, que compiten en una conferencia en la que generalmente se necesitaban menos victorias para entrar en los Playoffs. Sin ir más lejos, la temporada pasada, el listón para conseguir la última plaza en los Playoffs en la Conferencia Este estuvo en 40 victorias (las conseguidas por los Boston Celtics, que entraron en octavo y último lugar). En cambio, el último equipo del Oeste en Playoffs fueron los Oklahoma City Thunder, que entraron con 45 victorias.



Este año, aunque los dos mejores equipos de la liga estén en el Oeste (Warriors y Spurs), las clasificaciones están más igualadas que nunca. A cierre de este artículo, los Detroit Pistons poseían la octava plaza en el Este con 19 victorias y 17 derrotas, mientras que en el Oeste este puesto pertenecía a los Utah Jazz, que sumaban 15 victorias.

Estos datos significan que parece haberse invertido la tendencia que hemos mencionado, y que los equipos del Este se han vuelto más competitivos. Esperemos que en lo que queda de temporada regular podamos ver más igualdad entre ambas conferencias y disfrutar de unos Playoffs más equilibrados.



- Que se iguale la carrera por el MVP: hasta este momento de la temporada, el nombre Stephen Curry y la palabra MVP son sinónimos. Pese a un considerable grupo de competidores por el galardón individual más importante del año, el base de los Warriors ha demostrado jugar en otra liga, con números de otro planeta, y ganando más partidos con su equipo que ninguna otra estrella de la liga. Este papel de líder en el mejor equipo de la NBA le sitúa un peldaño por encima de otros jugadores incapaces de destronarlo.



























                                                                                                                                                           
Los habituales competidores por el MVP también están mostrando un nivel increíble. Lebron James, Kevin Durant, James Harden, Russell Westbrook o Kawhi Leonard parecen las alternativas más sólidas a Curry para ganar el MVP, pero por el momento no se especula con este tema por la incontestable superioridad que demuestra Curry, que últimamente ha visto mermado su rendimiento por molestias físicas, pero que sin duda es el jugador de moda de la NBA en estos momentos.






- Que Kobe Bryant tenga una retirada digna: con esta petición no quiero decir que a Kobe se le rinda homenaje en cada partido que juega (lo cual se está haciendo y me parece muy bien), sino que muestre un rendimiento mínimamente acorde con lo que ha sido como jugador: una leyenda. Evidentemente los jugadores, como cualquier otra persona, acusan la edad en su juego, y es difícil que mantengan un nivel regular a lo largo de toda su carrera. Sin embargo, el caso de Kobe es extraordinario porque su nivel de juego ha bajado de una forma brutal.



Aunque nunca se ha caracterizado por sus altos porcentajes de tiro, siempre se mantuvo por encima del 40% en tiros de campo hasta la pasada temporada, en la que promedió un 37%. En esta temporada, este porcentaje ha bajado hasta el 34%, el peor de su carrera. También está firmando el porcentaje más bajo de su carrera en triples (26%). Anota sólo el 77% de los tiros libres que lanza (sí, también es el peor porcentaje de su carrera en este aspecto). Promedia 17 puntos por partido, la marca más baja desde su segundo año en la NBA (1997-1998). Además, los Lakers también se encuentran en una situación muy mejorable. A cierre de este artículo, ocupan el último puesto en la Conferencia Oeste, con un récord de 8 victorias y 29 derrotas, lo que les hace ser el segundo peor equipo de la liga tras los Philadelphia 76ers.

Está claro que la situación de difícil para Kobe. Siendo uno de los mejores jugadores de la historia y acostumbrado a llegar lejos con su equipo cada temporada, parece evidente que ha llegado la hora de que se retire, pero no sin antes pelear por acercarse a la forma del jugador que fue.

- Que los rookies continúen rindiendo a un gran nivel: esta temporada también se está caracterizando por el gran rendimiento que están mostrando los jugadores de primer año. Al contrario que el año pasado, en el que nos perdimos mucha de la acción que nos brindan estos jugadores debido a las lesiones (Julius Randle, Jabari Parker, Marcus Smart, ...), este año está siendo todo un escaparate para los jugadores más jóvenes, que apuntan muy alto. Karl Anthony-Towns, Kristaps Porzingis, D´Angelo Russell, Jahlil Okafor oEmmanuel Mudiay, ,entre otros, están demostrando estar a la altura de las expectativas para dejar la liga en sus manos cuando las piernas de los más veteranos les impidan seguir jugando.











                                               








Queridos Reyes Magos: creo que esta es una carta más que razonable y personalmente pienso que la realización de los puntos que contiene nos gustaría a la gran mayoría de aficionados a la NBA.

Muchas gracias y un abrazo,

(Casi) cualquier aficionado a la NBA.

sábado, 28 de noviembre de 2015

Dos amigos que se van sin decir adiós




El Dorado es una de mis películas de animación favoritas. Nunca me canso de verla, aunque me sepa los diálogos de memoria. No está relacionada de ninguna manera con el baloncesto, pero me inspiro en una de sus canciones para escribir este artículo. En ella, Sergio Dalma canta: "dos amigos que se van sin decir adiós" cuando los dos protagonistas de la película, amigos del alma, se marchan en diferentes direcciones persiguiendo diferentes objetivos en sus vidas.



Las despedidas siempre son dolorosas, también las que suceden en el mundo del baloncesto. Casi todos los años vemos como se retiran jugadores, algunos sin pena ni gloria, otros aclamados por una multitud de aficionados que disfrutaron de su juego cuando se hallaban en su época de esplendor. Si bien es cierto que estamos atravesando uno de los periodos dorados de la NBA y la herencia de determinados grandes jugadores está en buenas manos gracias a los nuevos talentos, ahora es el momento en el que se van retirando jugadores que han dominado el baloncesto mundial durante los últimos quince años.  Grant Hill, Jason Kidd o Steve Nash han colgado las zapatillas recientemente. Este año, podríamos estar asistiendo a las ultimas temporadas de jugadores de la talla de Tim Duncan, Manu Ginobili, Kevin Garnett o Kobe Bryant. Son estos dos últimos jugadores en los que me quiero centrar.


Separados tan sólo por un año en su llegada a la NBA, ambos jugadores decidieron dar el salto directamente desde el instituto a la liga profesional. Primero fue Garnett en el año 1995, cuando fue seleccionado en el puesto número 5 del draft por los Minnesota Timberwolves, Pronto tuvo un impacto considerable en el equipo, promediando 10 puntos y 6 rebotes por partido, pese a que el equipo terminó la temporada con un balance de 26 victorias y 56 derrotas. El equipo nació en 1989, y hasta la temporada 1996-1997 no consiguió clasificarse para los Playoffs de la mano de Garnett. Conseguirían clasificarse durante 7 temporadas más, de manera consecutiva, hasta la temporada 2003-2004, en la cual el ala-pívot nacido en Carolina del Sur llevó a su equipo a las finales de la conferencia oeste, en las que perdieron contra los Lakers de Kobe Bryant. Los Wolves firmaron la mejor temporada de su historia con 58 victorias y 24 derrotas, y Garnett fue proclamado MVP de la NBA esa misma temporada gracias a sus 24 puntos y casi 14 rebotes de media por partido.



Tras tres temporadas frustrantes en las que tanto el rendimiento individual como el colectivo bajaron para Garnett, en julio de 2007 fue traspasado junto a la estrella de los Seattle Supersonics Ray Allen a la franquicia más laureada de la historia de la NBA: los Boston Celtics. En su primera temporada allí, lograría uno de los pocos títulos que se le habían resistido: el anillo de campeón de la NBA, frente al mismo equipo que le privó de jugar unas finales de la NBA en 2004: los Lakers de Kobe Bryant. Finalizaba así una sequía de 22 años sin ganar el título. Durante toda la temporada, los Celtics hicieron gala de un juego muy sólido y completo gracias a su elenco de estrellas formado por Rajon Rondo, Ray Allen, Paul Pierce y Kevin Garnett (nombrado mejor jugador defensivo ese año), junto con valiosas piezas de banquillo como James Posey, Tony Allen o Glen Davis, consiguiendo el mejor balance victorias-derrotas (66-16) de la historia del equipo desde la temporada 1985-1986, cuando los líderes eran Larry Bird, Kevin McHale, Dennis Johnson, Danny Ainge, Robert Parish y compañía.


Los Celtics repitieron presencia en las finales de 2010 contra los mismos rivales que en 2008: Los Angeles Lakers, liderados siempre por Kobe Bryant. Esta vez, los Lakers consiguieron vencer en el séptimo partido, y Kobe, asistido por Pau Gasol, Lamar Odom y Derek Fisher, junto con el legendario entrenador Phil Jackson, se vengó de los orgullosos verdes consiguiendo su quinto y hasta ahora último anillo de su carrera.

Garnett, junto con Paul Pierce, dejó los Celtics en 2013 para poner rumbo a Brooklyn para embarcarse en un proyecto muy ambicioso y muy a corto plazo que fracasó estrepitosamente. Tras sufrir un evidente bajón en su rendimiento deportivo, volvió en febrero de 2015 a su casa, Minnesota, para ser el líder del vestuario de un equipo joven y prometedor pero aún con mucho camino que recorrer. Tras haber ganado galardones individuales y colectivos, el 14 veces All-Star Kevin Garnett se retirará en el equipo que le vio desarrollarse como jugador, algo de lo que no muchos jugadores pueden presumir.





















Explosivo, poderoso y con infinidad de recursos en el poste bajo, Kevin Garnett es uno de los mejores jugadores interiores de la historia de la NBA. Su tiro de media distancia mortal, su inteligencia sobre la pista fuera de lo común, su capacidad defensiva y sobre todo la intensidad con la que juega cada noche han sido sus señas de identidad durante sus 21 temporadas en la NBA hasta la fecha.





Kobe Bryant, por su parte, fue seleccionado en la posición número 13 del draft de 1996 por los Charlotte Hornets. Después ue traspasado inmediatamente a los Lakers a cambio del serbio Vlade Divac. Desde su presencia en el equipo durante 20 temporadas, los Lakers se han clasificado para los Playoffs en 17 ocasiones. Al igual que Garnett, Kobe tuvo un impacto inmediato en el juego de su equipo, y ganó tres campeonatos de la NBA de manera consecutiva entre su cuarto y su séptimo año (1999-2002), formando una pareja histórica con Shaquille O´Neal, uno de los jugadores más dominantes de la historia de la NBA. Aunque su rendimiento ha sido puntero durante prácticamente toda su carrera, alcanzó la cima individual en 2008 ganando el MVP de la NBA cuatro años después que Garnett. Fue en 2009 cuando volvió a conquistar un anillo de campeón, tras 6 años de sequía, esta vez contra los Orlando Magic de Dwight Howard, siendo el MVP de las finales.

En 2010 llegaría su redención de la derrota sufrida en 2008, venciendo a los Celtics y convirtiéndose de nuevo en el MVP de las finales de la NBA, dando a los Lakers su decimosexto título de la NBA, sólo por detrás de los diecisiete del eterno rival, los Boston Celtics.



Es probable que estemos ante la última temporada de Kobe Bryant en la NBA. La estrella de los Lakers se ha convertido en el único jugador en la historia de la NBA en jugar 20 temporadas para un solo equipo y, según muchos aficionados y expertos, el jugador más cercano al inimitable Michael Jordan que jamás se haya visto sobre una pista de baloncesto. Ágil, veloz, con una destreza técnica fruto de una incesante ética de trabajo, Kobe Bryant es uno de los mejores jugadores de la historia del baloncesto tanto por su capacidad para anotar como por su defensa, siempre a la altura de los mejores de la liga. Al final de su excepcional carrera, Kobe se ha visto condenado por problemas de lesiones y castigado por la edad, que han dado lugar a un jugador que no es ni la sombra del que ganó un MVP. Esta temporada, Kobe promedia un 31% de acierto en tiros de campo, el peor porcentaje en sus 20 años de carrera. No obstante, Kobe pasará a la historia del baloncesto y entrará en el salón de la fama como uno de los más grandes de la historia.


























Me gusta comparar la rivalidad de estos dos jugadores con la que mantuvieron Magic Johnson y Larry Bird en su día. Aunque la de Bryant y Garnett no sea tan histórica ni reconocida, ambos se han enfrentado en varias ocasiones en los Playoffs. Primero fue en la primera ronda, en 2003, con victoria para los Lakers sobre los Timberwolves por 4-2. Al año siguiente se reencontraron en las finales de conferencia, con igual resultado. Posteriormente fueron protagonistas del renacimiento de la rivalidad Celtics-Lakers, disputando dos finales con una victoria para cada uno: Garnett con los Celtics en 2008 y Bryant en 2010 con los Lakers.



















Pese a ser rivales, los dos han declarado su mutua admiración varias ocasiones. Recientemente, Bryant declaró que es "bastante impresionante" que ambos sigan jugando: "es fantástico. Es impresionante. Me hace sonreír. Porque recuerdo tomar la decisión de presentarme al draft y hablar con él por teléfono, cuando él estaba en su primera temporada. Ahora, es su temporada número 21, y mi número 20. Es bastante impresionante." (Vía lakersnation.com).














Así se comparan las carreras de dos de los mejores jugadores de baloncesto en los últimos 20 años. Compartiendo tanto rivalidad como admiración por el otro, Kobe Bryant y Kevin Garnett pueden ser esta temporada dos amigos que se van sin decir adiós.